Relato: “La hermana muerta” #Historiasdemiedo Concurso ZendaLibros

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Cuenta la leyenda, que cuando uno de los hermanos gemelos muere, el otro puede seguir viéndolo cada noche a través del espejo. El hermano gemelo muerto, si no sabe que lo está, desea ocupar el lugar del vivo al otro lado de la realidad que le tocó abandonar. Si es completamente consciente de lo que ha sucedido, a menudo consigue avanzar y evolucionar hacia otra dimensión; pero si cree que fue injusto irse antes que su otra mitad, sus deseos de arrastrarlo con él serán más poderosos que todo el amor que existió entre ellos cuando aún vivía.

9 de noviembre, 2014

El teléfono sonó a las dos y media de la madrugada. Chloe apenas se inmutó; la noche había sido de lo más agitada debido a unas horribles pesadillas que la habían acosado desde el minuto cero en el que se metió en la cama. Miró de reojo la pantalla de su teléfono móvil. El miedo volvió a apoderarse de ella. De nuevo una llamada, otra vez a la misma hora y el nombre de su hermana muerta: Lea.

—¡Déjame en paz! ¡Déjame en paz!

Chloe lanzó el teléfono contra la pared y se encerró en el cuarto de baño, evitando en todo momento mirarse al espejo. Recordó el momento exacto en el que le habían dicho que Lea había muerto, aunque ella lo supo horas antes de que le dieran la fatídica noticia: un coche la había atropellado cuando volvía de trabajar. Fue en el mismo momento en el que a Chloe le dio un vuelco el corazón, y un nudo en la garganta se apoderó de ella durante media hora.

Había pasado un mes. Desde aquel día, su teléfono móvil no había dejado de sonar siempre a las dos y media de la madrugada. Lea aparecía en sus sueños, sus ojos verdes mostraban la locura de quien no entiende qué ha ocurrido, unas venas oscuras sobresalían de su piel pálida y caminaba despacio, siempre en busca de Chloe para atraparla. Chloe huía, pero al final, Lea siempre lograba arrastrarla con ella hasta las profundidades del mismísimo infierno.

—Esa no es mi hermana… esa no es mi hermana —se repetía a sí misma, sentada en el diminuto cuarto de baño, en posición fetal.

Tic tac, Tic Tac… las agujas del reloj no se detienen.

Tac. Tac. Tac. Tac. Un sonido lento y agonizante; unas gotas de sangre caen a los pies de Chloe, que al mirar hacia arriba, ve el rostro de su hermana desencajado y repleto de maldad. Está escupiendo sangre por la boca.

—Ven conmigo —le susurra—. Siempre juntas, siempre unidas.

—¡No! —grita Chloe, volviendo a su dormitorio.

Las luces se apagan. Por  mucho que Chloe le dé al interruptor, no vuelven a encenderse. Esta vez es distinto. No ha terminado en una pesadilla o en una llamada telefónica, esta vez se la quiere llevar. Chloe y Lea, tan iguales y tan distintas. Destinadas a estar juntas desde antes de nacer, siempre estuvieron unidas por un hilo invisible que ni siquiera la muerte ha logrado romper. A Lea siempre la acompañó el peligro y la locura; mientras que Chloe, siempre centrada y cuerda, había llevado una vida más tranquila.

—No es justo que tú estés aquí —le dijo una voz ronca, que no parecía la de Lea—. Yo sabía disfrutar de la vida. De cada momento. Tú lo desperdicias. Tú, eres tú la que tendría que estar muerta.

De nuevo el miedo. Chloe, paralizada; no puede ver, no puede oír y mucho menos hablar o gritar; ni siquiera puede levantarse de la cama y huir de su apartamento.

De repente, su cuerpo empieza a funcionar por sí solo saliendo de la cama y dirigiéndose al primer espejo que encuentra por el camino. Es ella. Pero no lo es. Está muerta, pero parece muy viva. Cuatro ojos verdes idénticos se miran. Unos ocultan el miedo; los otros, las ansias de volver a vivir.

«Déjame en paz, Lea. Tú no eres así. Siempre quisiste lo mejor para mí, ¿qué es lo que te ha pasado?», le dice Chloe mentalmente.

«Lo siento, hermana. Pero si vieras lo que hay aquí, te aseguro que tú también querrías huir y harías lo que fuera para hacerlo», contesta Lea, dejándose ver en el espejo.

Chloe sigue paralizada, pero a la vez es como si alguien pudiera manipular sus movimientos. Una mano sobresale del espejo, Chloe la mira, sabe que la va a arrastrar hasta el mismísimo lugar que su hermana muerta teme. Una fuerza sobrehumana la empuja hacia lo desconocido; Lea desaparece y de repente, Chloe no puede ver más que oscuridad. Almas que la acechan, que se acercan poco a poco, susurrándole como ecos de ultratumba, palabras que no desearía haber escuchado jamás.

10 de noviembre, 2014

—¡Chloe! Te veo diferente, qué guapa estás hoy —saluda Cristina, la recepcionista de la oficina.

—Gracias —responde Chloe sonriendo.

Chloe se dirige hacia su despacho, dispuesta a cumplir con su día laboral después de una noche difícil y angustiosa. Sin embargo, una fotografía hace que se detenga un instante a reflexionar. Dos hermanas gemelas, tan idénticas como dos gotas de agua; reflejan amor la una por la otra y se muestran radiantes de felicidad. Ella, siempre tan bonita y responsable. Ella, que ahora duerme con el enemigo, con los muertos que no saben que lo están, con las almas tristes y rotas de un mundo que no las quiso y las escupió hasta ese lugar oscuro y frío que tanto miedo da. Ella…

«Lo siento, Chloe. Pero me niego a volver ahí».

La fotografía cae al suelo. Al cogerla y recoger los trozos de cristal rotos, la auténtica Chloe muestra una sonrisa desfigurada, los ojos tristes de quien han conocido la maldad y el dedo índice señalando a la hermana muerta que ha ocupado su cuerpo, como queriéndole decir: «Volverás. Y esta vez, seré yo quien te arrastre hasta aquí».

LA HERMANA MUERTA de Lorena Franco, para el concurso #historiasdemiedo de ZENDALIBROS

 

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